Tan frío

Un Cerati de entrecasa, entre sus letras

La voz y la guitarra de Cerati resonaron en mis oídos cuando tenía 11 años. A través de los temas de Canción Animal, el líder de Soda Stereo llegó a mi vida para jamás dejarla. 

Previo a ese descubrimiento, mis borrosos recuerdos vinculados a su banda son dos: ver en la tele el zócalo “¡Volvió Soda!”, posterior al primer recital en River de la gira Me Verás Volver, y cruzarme junto a mi mamá a Charly Alberti, acompañado por dos minas en una sucursal de El Club de la Milanesa. 

Los años siguientes desarrollaron mi recorrido por la discografía del trío y la adolescencia me encontró sumergido en la etapa solista de Cerati. A 14 años de ese primer contacto con su figura, estoy muy seguro de que él es la principal razón por la que hoy intento, de todas las formas posibles, orientar mi vida adulta hacia la música.

Cerati muere en septiembre de 2014 tras los años pasados en coma. Me entero y lo lloro como a un familiar, voy a su velorio público en la Legislatura. Abandono, lógicamente, cualquier mínima esperanza que aún albergaba de verlo en vivo o de que un nuevo lanzamiento suyo me encontrase esperándolo. Ese mismo año, asisto a un recital gratuito en el Planetario donde muchos músicos interpretan el cancionero ceratiano. En 2017, estoy en una de las funciones del espectáculo que el Cirque du Soleil hace en el Luna Park con música de Soda. En 2023, Lisandro Aristimuño le rinde homenaje a Bocanada en el CCK y nuevamente digo presente en un evento vinculado a la obra de Cerati, hasta ahora por última vez. 

La imagen elegida por -lo que queda de- Soda Stereo para promocionar “Ecos”

En 2019, los dos integrantes aún vivos de Soda anunciaron una gira con cantantes invitados ocupando el lugar de su difunto líder. La propuesta no llamó mi atención, pero tampoco me pareció mal que la lleven a cabo. El año pasado, Zeta Bosio y el ya mencionado Alberti volvieron a la carga con Ecos, el nuevo espectáculo que ya pasó por el Movistar Arena con varias funciones y que ahora está dando vueltas por varios puntos de Sudamérica, como el grupo acostumbraba hacer para presentar cada uno de sus discos. La promesa de esta renovada propuesta: la -no del todo clarificada de antemano- presencia de Cerati en los shows. Su anuncio no solo no me interesó desde un primer momento sino que me indignó. “Todo es tan igual, tan previsible, tan frío”, dice una porción del tema que le da nombre al evento y que un poco describe las sensaciones que me suscitó, aún sin haber ocurrido. 

La posibilidad apoyada en los avances de la tecnología de traer de la muerte a alguien es el punto de partida de más de un relato de ciencia ficción (el primer capítulo de la segunda temporada de Black Mirror; la novela Ubik de Phillip Dick), pero pocas veces se ha visto que se la utilice de forma tan burda para un acontecimiento artístico. Algo parecido ya se había llevado a cabo con los integrantes de ABBA -aún vivos- o con las apariciones del Indio -aún vivo- en los shows de Los Fundamentalistas. El último tour de Rod Stewart incluyó la proyección de imágenes, creadas por inteligencia artificial, de músicos fallecidos posando juntos. Ecos y su dinámica superan la aparatosidad de estos antecedentes por la siguiente premisa: ¡¿Cómo vas a hologramar a Cerati?!

Ozzy Osbourne, un palo de selfie y sus colegas celestiales entre nubes. Abajo, el mundano Rod

Desde las épocas del precario videoclip de “Dietético”, una de las primeras producciones de Soda, hasta el extenso solo de guitarra de “Lago en el cielo” que cerró su último recital -horas antes del ACV-, Cerati siempre se mostró ante el público con una vitalidad arrolladora. Pocos frontmen podían y pueden igualar su capacidad de cantar, tocar, dirigirse al público y habitar el escenario con tanto carisma y soltura, cualidades que sostenía en entrevistas, declaraciones y todo tipo de registros donde no estaba haciendo música. Y cuando la hacía, no era tan necesario dar la cara: las propuestas de su época más experimental (el dúo Ocio con Flavio Etcheto, el proyecto Plan V junto a músicos chilenos, las bandas sonoras para películas…) demostraban la inquietud de alguien incesantemente vivo.

Lo último que Soda ofreció con su MVP presente en carne y hueso fue el ya mencionado reencuentro titulado Me Verás Volver, diez años después de lo que había sido la serie de recitales que dio el conjunto tras anunciar su separación en 1997. El Cerati del que fuimos testigos allí -yo por DVD-, algo más frívolo y de voz más nasal que el de El Último Concierto, seguía siendo un músico incapaz de repetirse. Un ser con la espontaneidad a flor de piel, repleto de variantes y trucos bajo la manga para nunca ofrecer el mismo show dos veces. El holograma que lo personifica en este distópico presente no puede ofrecer nada más que la arista visual de lo que es estar frente a Cerati. Me alcanzó con ver un pedacito de su solo de guitarra en “Hombre al agua” para reconocer que es una grabación -lógico igual- de la versión del tema que tocaron en 2007. Perdón, pero Ecos es un espectáculo para desconocedores de la banda y de su eje de convocatoria. “Cuando uno no ama, compra”, dice el estribillo de “Cabeza de Medusa”.

GC durante la gira de Dynamo, en los albores de su etapa más brillante. Foto de Fernando Aceves

Insisto porque me urge: si alguien cree estar saldando una deuda histórica por, inesperadamente, tener la posibilidad de ver en vivo -más bien “en muerto”- a Soda, lo entiendo. Pero lamento decirle que los propios integrantes del grupo lo están tomando de boludo. Y qué dirá todo esto de ellos dos, ¿no? Presencias en un escenario regido por una ausencia. 

Ir a “Ecos” es avalar una deshumanización, otra más de estos tiempos nacionales de micro y macro deshumanizaciones. ¡Es más! Dudo estar pecando de conspiranoico si no veo una gran diferencia entre una Cámara de Diputados y Senadores que avalan la entrega a mansalva de todos nuestros valores (éticos, naturales), y un recinto que se llena repetidas veces para ser testigo de cómo la tecnología intenta imitar a un ídolo difunto con el aval de los suyos. Son distintas expresiones de una Argentina cuya postura de época es desestimar lo que se tiene hasta no tenerlo más. Por suerte, ni el país ni Cerati están verdaderamente representados por estas expresiones meramente actuales y condenadas al olvido. Y para cerrar retomando lo importante: lo mejor de todo lo bueno que dejó Gustavo Adrián es su música. Un patrimonio que permanece intacto, intacto, tan intacto como ayer.

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