Mala Sangre
Mala Sangre, por Lucero Ruzzante
“El otro día fui a la marcha, me re cagaron a palos, volví e hice esto”, me confesaba la artista Lucero Ruzzante, la semana pasada en su taller.
En su mesa de trabajo, la distinción entre pintura, arte textil, visual y escultura es inexistente. En el primer piso de Pólvora —galería de arte contemporáneo, local y emergente, taller de artistas y espacio de exhibición— la artista presentó entre diciembre y enero de este año Mala Sangre, su primera muestra individual.
La exposición se abría con una intervención site specific donde un par de manos emergían desde el piso, entre baldosas rotas. Una estructura hecha en alambre recuperado de la calle sostenía velas que ardían en un cubículo rojo y negro. En la pared principal un enorme graffiti proclamaba el nombre de la muestra y daba paso a la sala principal, donde se exhibía una serie de nueve lienzos.

Tales obras articulan diversas prácticas desafiando las metodologías tradicionales. Lucero asistió a un colegio de pedagogía Waldorf, donde desde pequeña aprendió muchas técnicas que hoy incorpora en su trabajo: bordado, tejido, trabajo con mostacillas sobre pintura, entre otros procedimientos propios que ni nombre tienen. “Me divierte cada vez hacer algo distinto”, afirma la artista desde su espacio en San Cristóbal. Por eso no repite tanto las formas de pintar y las va combinando según la necesidad de cada pieza. “El chiste es ir resolviendo paso a paso”: su búsqueda actual consiste en borrar las capas de trabajo a partir de la combinación de técnicas y explorar el juego posible entre ellas. Ese gesto de mezcla y borroneo de los límites es también lo que define como ‘semitrash’: una estética del borde que acepta la contención del marco como una concesión necesaria para la circulación y comercialización de la obra.


Distintas materialidades conviven en sus lienzos que encarnan una tensión entre lo minucioso y lo bruto; el trabajo manual y detallista entra en relación con personajes, escenas y carteles con una fuerte carga social.
El texto de sala, escrito por la antropóloga Florencia Luz Valese, sintetiza bien esta tensión: “la confrontación política en lo macro y resistencias íntimas que se refugian en el detalle, donde el brillo no es de adorno. Imagen, texto y bordado operan como tres capas que se contaminan entre sí (…). Conviven el trazo urgente del graffiti y la minuciosidad del bordado; lo público del muro y el espacio íntimo del taller”.
Imaginar las horas de trabajo frente al lienzo forma parte de la experiencia estética de Mala sangre. Elegir métodos que exigen detenerse y repetir mucho una acción mecánica puntual —bordar, tejer, coser— es una decisión política en tiempos dominados por la aceleración y el consumo descartable. La lentitud del taller se contrapone a las lógicas productivas de nuestra contemporaneidad.
Lucero me habló de la ridícula cantidad de tiempo que le lleva cada obra. Para ella, en realidad, la dimensión textil (el oficio) es la parte lúdica. Este ritmo procesual se traslada al observador: cada obra invita a acercarse y perderse entre hilos, lanas, mostacillas, despertando la tentación inevitable e intrusiva de recorrer la superficie con la yema de los dedos.
El espectador es invitado a detenerse en el detalle y compartir el tiempo de la artista. Esta pausa es una forma de resistencia y disputa nuestros propios ritmos internos. Propone la deriva como método. “Estas piezas dialogan con la coyuntura y la desafían. Ruzzante trabaja con retazos de la realidad urbana”, escribe Florencia Valese acertadamente.

Las escenas que componen Mala Sangre proponen paisajes citadinos —casi siempre nocturnos— donde figuras desencajadas y monstruosas deambulan por la intemperie. Vampiros, zombis y criaturas híbridas no son fantasías desligadas del contexto, sino habitantes de San Cristóbal y Once que resisten fuera de los circuitos normativos.
La artista define su estética como queer trash. La estrategia de su repertorio estético consiste en recuperar lo periférico y volverlo protagonista sin romantizar la precariedad. Lo queer se manifiesta en la marginalidad de la noche y en escenas liminales. El brillo y el exceso aparecen como herramientas para visibilizar lo que la ciudad intenta ocultar.
Lucero recorre Buenos Aires, la fotografía, recolecta frases como quien hace un inventario de la crisis. Arma su propio archivo de la calle que reconfigura en el lienzo mediante graffitis capturados en la vía pública:
“Soy joven no pienso”
“Y dicho esto quiero matar a alguien”
“Donde el caos empieza nada es real”
“¿Ke será de mí cuando no me kede nada?”
Mala sangre es una muestra profundamente social y directamente ligada a los estudios de la artista. Su formación en Antropología Cultural en la UNSAM atraviesa transversalmente las obras: “en la antropología y en el arte me interesan los mismos temas, lo vincular”. Su práctica parte de la observación, casi a modo de investigación de campo, y luego una conversión del material etnográfico que recoge en materia plástica. La lectura, sin embargo, no se limita a documentar. Interviene y cuestiona estructuras de poder.
La curaduría juega un rol fundamental en este sentido. Mala Sangre consistió en dos salas: una primera, más pequeña, con la escultura de las velas que mencioné al comienzo; y una segunda, principal, con piso de madera y cuatro paredes blancas donde colgaban las nueve obras que componían la muestra.
Esta sobriedad del espacio no es neutral, sino una decisión pensada para potenciar el impacto visual de las piezas. Cuando le pregunté a la artista por este procedimiento me respondió: “yo sé que mis obras tienen bastante información. Podría haber hecho lo típico y ponerle mucha data a la ambientación, pero no quería que nada le compita a la obra. Me gusta ir al impacto, es ahí donde me interesa”.
Mala Sangre se puede leer en dos tiempos: el golpe inmediato de la frase y sus figuras, seguido por la lectura lenta de la puntada y la mostacilla. Hay una honestidad brutal en su proceso, desde el contenido hasta la forma en toda su materialidad. Al final, entre el ruido y el silencio, Lucero encontró un lugar donde el caos se vuelve real.

