De paseo por el “Terry”

Breve historia​​​​​​​

José Antonio Terry llegó a Tilcara en calidad de pintor, junto a Pompeo Boggio, invitados por Juan Bautista Ambrosetti y Salvador Debenedetti que lideraban las expediciones arqueológicas en sitios prehispánicos como el Pucará. Parece ser que Terry se enamoró de los cerros pintarrajeados de la quebrada y decidió, junto a su mujer Amalia Amoedo, comprar una casa en el centro de la ciudad. A partir de 1922, repartieron sus años entre Buenos Aires y Tilcara. Terry provenía de una familia de la elite local: su padre, de mismo nombre, había sido ministro de Saénz Peña, Roca y Quintana. Antonio y sus hermanas, Leonor y Sotera, eran sordomudos de nacimiento y todos se formaron en las artes plásticas en Buenos Aires y en Europa. A pesar de su formación, a Leonor y Sotera no se les permitió trabajar con modelos vivos, razón por la que la mayor parte de sus obras son paisajes y naturalezas muertas. Al igual que Sofonisba Anguissola, cuatrocientos años antes, se retrataba a sí misma con pincel y paleta para demostrar que ella era una artista, Leonor Terry realizó un autorretrato en 1952 con esos mismos elementos. Sin embargo, la historia del arte no jugó a su favor y ambas hermanas quedaron eclipsadas por José Antonio. 

Otra figura olvidada fue la de Amoedo que tuvo un rol clave en la carrera de su esposo y en las actividades que emprendieron en conjunto. Debido a la enfermedad de su marido, Amoedo era la que se encargaba de la gestión del hogar y fue fundamental en la creación del museo. 

Como menciona Pablo Fasce, a pesar de las similitudes con otros pintores viajeros que se acercaron a la región influidos por las ideas de Ricardo Rojas y algunos intelectuales que encontraban en las clases populares de las provincias el germen de la identidad nacional (alejadas de la contaminación urbana y de los inmigrantes a quienes culpaban por el aumento de los conflictos sociales), podríamos decir que Terry no se ajusta a esta categoría. Por lo pronto, pasó gran parte de su vida en Tilcara. Además, junto a Amalia, formaron importantes lazos con su entorno: el ejemplo más significativo fue la creación de un club deportivo, pero también debemos mencionar la función que cumplieron en el desarrollo de la Lengua de Señas Argentina. 

En sus pinturas, observamos la intención de retratar a los habitantes quebradeños sin idealización, como tampoco hay un acercamiento tipológico que busque una representación totalizadora del tilcareño. Terry pintó a sus vecinos, con sus rasgos identificatorios y cuyos nombres o apodos incluyó en los títulos de las obras. Además, al fomentar la creación del museo, los habitantes se convirtieron en representados y espectadores a la vez. 

Otra serie de obras que se encuentran expuestas en el museo son las denominadas criollistas, en las que el gaucho y los símbolos gauchescos toman protagonismo como verdaderos estandartes del proyecto nacional. En ellas se repiten paisajes pampeanos, animales de granja, el mate. Me gustaría mencionar en especial a La venus criolla (1933). Aquí Terry ubica a la Venus recostada en un paisaje que ya no parece ser el pampeano. La mujer invita un mate a su admirador ubicado en el sector izquierdo de la pintura. El mate no solo representa un gesto amistoso, una invitación por parte de la mujer, sino que, a nivel pictórico, se convierte en el elemento que une dos planos diferenciados: el primer plano del desnudo y un segundo plano del gaucho. Por otro lado, el mate es el único elemento distintivo que da cuenta que estamos, efectivamente, ante una Venus criolla.

“Juntar, llevar, contar”: un ejercicio curatorial

La muestra temporaria del museo reúne obras de Candelaria Traverso, artista cordobesa que reside en Maimará; piezas arqueológicas del Museo “Dr. Eduardo Casanova”; e intervenciones realizadas en talleres organizados por el propio museo en conjunto con organizaciones como “Tejedores Andinos”. El hilo conductor entre ellas es el hecho de que todas en algún momento fueron bolsas. 

Traverso trabaja con los bolsones de arpillera plástica en los que ingresan los fardos de ropa usada descartada por el primer mundo a través de Chile y Bolivia. Para la artista, esta elección está atada a la nostalgia por su propio pasado: de adolescente recorría los pasillos de las ferias americanas en busca de joyas escondidas entre pilas y pilas de ropa. Los patchwork realizados por Traverso en general representan motivos andinos como por ejemplo la chakana, la cruz escalonada de doce puntas que representa los cuatro puntos cardinales; los tres reinos: Hanan Pacha, Kai Pacha y Uku Pacha; y el calendario agrícola, también dividido en doce meses. Cuando sus obras no están enmarcadas se convierten en banderas que nos recuerdan la pervivencia del mundo prehispánico en el norte del país. Además de sus patchwork, la artista realizó una instalación que simula una carpa. Al ingresar, las bolsas te rodean y envuelven: una misma se convierte en aquel objeto transportado que viaja a través de las fronteras. 

También podemos ver chuspas, bolsas tejidas en lana encontradas en los sitios arqueológicos cercanos a Tilcara, como el Pucará. Las chuspas servían para llevar las hojas de coca y otros elementos personales.

La exhibición se completa con bolsas de mercado (las típicas bolsas plásticas de rayados verticales) que han sido bordadas con los deseos y los recuerdos de los artesanos que asistieron a talleres organizados en el Museo. ¿Qué importancia tiene el objeto bolsa? La bolsa funciona de modo metonímico, como representación de algo que la incluye y la excede: el mercado es el centro neurálgico de la economía de la comunidad que resiste ante los embates de la modernidad. La bolsa es recuerdo y pura actualidad a la vez.  

En este sentido, la muestra recupera una concepción del tiempo circular: no debemos entender la chuspa como un antepasado de la bolsa sino que ambas conviven en el presente. La bolsa es un recipiente que guarda (y resguarda) costumbres y tradiciones; a partir de ellas, se nos relatan los modos de vivir de las poblaciones del NOA.

“Juntar, llevar, contar” es un ejemplo de las formas en las que el museo puede acercarse e incluir a la comunidad. Lo que me resulta particularmente fascinante es que la exposición se concibió previamente a la existencia de las obras. Con esto me refiero a que, a diferencia del ejercicio usual del curador que elige un corpus de obras y encuentra (o dibuja) una línea que las una, los curadores pensaron en unir obras de Traverso con obras que todavía no lo eran. El enfoque estuvo en la apertura de los talleres al público y el objetivo era hacer del museo un espacio vivo. 

Del mismo modo que Terry y Amalia buscaron ser parte y tener un impacto positivo en la comunidad, el museo ha respetado sus designios al darles un lugar a Griselda, Celeste, Catalina (algunos entre tantos otros nombres) para desarrollar su arte y exponerlo. Así también permitieron a la porteña empedernida y acelerada que soy, demorarme entre las salas y dejar que las bolsas me susurren sus historias. 

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