La escucha lateral

Percepción y creación en tiempos de productividad

Lo divino en el origen

El lugar del espectador ha sido desde siempre una cuestión de debate y tensión dentro del campo artístico. Sabemos que más allá de toda creación, la obra es, y solo es, si hay un público que la perciba. Esto abre un abanico de reflexiones que van desde la propia creación siendo determinada por la noción a priori de la recepción pública, hasta cuestiones relacionadas a la psicología de la percepción o el gusto universal. Así, las cuatro patas del campo artístico conformadas por el artista, la obra, su circulación y el espectador, permiten hacer lecturas transversales de la cultura y la sociedad a la que las Artes están articuladas.

Aborígenes mapuches sosteniendo un Kultrún, su instrumento ceremonial más importante. Representa la cosmovisión de la tribu y es usado en ritos, sanaciones y rogativas

El arte musical, desde antaño, ha estado ligado a una práctica exclusivamente en vivo, donde las creaciones estaban sujetas en su mayoría a las necesidades rituales o festivas de las culturas y los himnos a los dioses ejecutados en un aquí y ahora eran parte de las veneraciones en las liturgias que conectaban a las civilizaciones con sus deidades. Explica el etnomusicólogo peruano Julio Mendívil que “Si bien existen diferencias diacrónicas y sincrónicas entre ellas, hay un aspecto que hermana estrechamente a las teorías culturales sobre el surgimiento de  la música: su remisión al ámbito de lo divino. Desde un punto de vista mítico, la música es a menudo la reproducción humana de prácticas divinas”. Esta forma de vivenciar la música en el pasado implicaba no sólo una fuerte carga espiritual, sino también un grado de instrucción y conocimiento sobre el propio arte musical traducido en su valor cultual. La música era central en la sociedad y los sujetos poseían conocimiento sobre ella gracias a dicha valorización. Mas no siempre se mantuvo esta vivencia para con el arte.

Dentro de las Artes, la música ha sido testigo, a través de los siglos, de múltiples cambios en su ontología, tecnología y recepción, sobre todo en las últimas décadas, abarcando parte del siglo XX. Hoy en día podemos notar que la música sigue estando muy integrada a la vida, pero ya no bajo valores cultuales o de trascendencia creativa y cultural, sino bajo los slogans del consumismo.

Ya en el siglo XIX, con la invención del fonógrafo, la música se desligaba del convivio musical, del acto sonoro aconteciendo ante nuestros cinco sentidos. Previo a dicho avance, la única forma de escuchar música era ya sea tocando un instrumento o asistiendo a algún tipo de concierto en vivo. La música entonces gozaba del aura de la irreproductibilidad. A partir de la creación de Edison, se fabricaron discos destinados a la comercialización y difusión de la música.

Con el paso de los años y con ayuda de la digitalización del soporte musical, el acceso  se ha masificado exponencialmente. En la era actual de la globalización y el neoliberalismo, las publicaciones de canciones, la creación de álbumes y el surgimiento de artistas se han insertado dentro de la lógica del mercado y se han expandido por un mundo sin fronteras cuando se trata del comercio. Es ahora cuando debe surgir la inevitable pregunta: ya avanzado el siglo XXI, con un capitalismo tardío consolidado, ¿cómo afectan los modos de vida, de producción y de socialización actuales a la percepción y experiencia del arte musical?

Cambio al paradigma digital

Byung-Chul Han

Para Byung-Chul Han la sociedad actual está atravesada  por un neoliberalismo que exige a los individuos integrarse a toda costa en el mercado, en el que compitenentre ellos para sacar el mayor porcentaje de provecho de sus horas de vida y se auto-explotan en pos de un rendimiento económico que nunca es suficiente. No es solo la violencia del mercado la que nos lleva a este tipo de vida y comportamientos, sino todo el tejido de instituciones sociales que está formulado en torno a la productividad: los agujeros negros de dopamina en las redes sociales; los gimnasios y los influencers que proponen sacar la mejor versión de uno; incluso la ludopatía. Todo es funcional a ese sistema en el que “La desaparición de las instancias externas de domi nio no trae la libertad sino que, más bien, hace que la libertad se identifique con la coerción”. Volviendo a la pregunta anterior, ¿cómo experimentamos la música en este contexto en el que parece no haber tiempo para el ocio?

En mi consideración, el caso de la música y lo que yo llamo su escucha lateral es un ejemplo paradigmático de cómo el contexto económico, social y político mundial afecta a la manera en que consumimos Arte. A partir de esta coyuntura, la música ha sido, con distancia, una de las artes más perjudicadas, tanto en su creación como en la forma en que la escuchamos  cotidianamente.

A partir de múltiples charlas con allegados y de la experiencia propia, noté una constante: hemos dejado de oír música. A primera vista parece un hecho imposible. Allí adonde vamos la música parece acompañarnos (en algunos casos hasta perseguirnos). Hay música en los almacenes, en las tiendas, en las salas de espera, en los ascensores, en nuestros automóviles, en las casas, en los celulares, en los televisores y en miles de lugares más. Pero así como el acceso a la música se masificó, parece que de forma inversamente proporcional, el interés por oírla ha disminuido. ¿Cómo es posible escuchar y al mismo tiempo no oír? Podría parecer una maldición, pero el hecho biológico de no poder evitar escuchar, como fenómeno sensorial, es a la vez tortura y privilegio. Aunque así como en la visión no es lo mismo mirar que observar, en la audición escuchar difiere del oír.

Toda forma del arte requiere que sus obras sean percibidas con cierta contemplación. “Cierta” ya que es fundamental no confundir el contemplar como algo pasivo. Por el contrario, al contemplar, el espectador requiere y debe de poner todos sus sentidos a merced de la obra, para ver, oír, tocar o sentir aquello que la obra pronuncia en su propio lenguaje. Los sitios en que se exhiben la mayoría de las artes están preparados para que uno como espectador ponga foco y atención en la obra. Los cines y sus convenciones sociales permiten que uno vuelque sus sentidos hacia la película: oscuridad, teléfonos apagados, silencio y asientos en dirección a la pantalla. Los museos exhiben sus pinturas y esculturas proponiendo un recorrido que, apoyado muchas veces en la cuestión aurática, también se hace en silencio y con atención, como si el espectador, cultivado o no en las artes visuales, entrase en una especie de ritual. Pero con la música no sucede lo mismo.

Exceptuando los recitales, la música se escucha cotidianamente de forma virtual a través de plataformas de streaming al alcance de la mano, como Spotify, Youtube o Apple music. Sin embargo el problema no viene con las plataformas sino con cómo las utilizamos. La sociedad del rendimiento nos deja prácticamente acorralados a la hora del ocio, momento en que el arte puede gozar de algo de atención. Así es como menos gente asiste a los museos y el cine se prefiere ver en casa. Entre tanta obsesión contemporánea por el rendimiento y la productividad, la música no puede gozar de ser oída realmente, de prestarle todo nuestro sentido auditivo. En parte se debe a que este arte tiene la particularidad de lo efímero y la inmaterialidad. En parte porque aprovechamos dicha inmaterialidad y lo inalámbrico de los servicios de streaming para escuchar música mientras hacemos algo más.

Escuchamos lateralmente.

Hoy en día, preguntando a cualquier persona cercana, responderá que la mayor parte del tiempo en que escucha música, no lo hace con el propósito de escucharla per sé, sino que siempre está ligado a otra finalidad. Se escucha música mientras se limpia la casa, se cocina, se viaja en colectivo, se estudia, se trabaja o mientras se hace ejercicio. Se escucha en los espacios vacíos, en los “entre”. De esta manera, la distracción por el multitasking se da en perjuicio de la cualidad sonora. Desatendemos a todas las texturas, intensidades, dinámicas, armonías y lírica poética que pueden emanar de una obra musical. Para Han: “El don de la escucha atenta estriba precisamente en la capacidad de prestar una atención intensa y contemplativa: capacidad que el ego hiperactivo ya ha perdido”. La riqueza artística pasa de lado mientras la música sirve de telón de fondo para tareas “más importantes”. Parece irónico el hecho de que incluso tenga una playlist de Jazz de fondo mientras escribo esto.

En el nacimiento del blues, encontramos huellas que han quedado hasta hoy: el género surgió en aquellas plantaciones de algodón a la ribera del Río Mississippi en Estados Unidos, donde los esclavos debían cantar mientras labraban la tierra para, por un lado, agilizar y coordinar el trabajo mediante el ritmo y, por otro lado, para que el capataz de la

plantación siempre supiera que estaban trabajando y no habían huído, aun cuando no los estuviera observando. Restos que, reinventados, han permanecido.

En otra capa de respuesta sobre el porqué de la escucha lateral (profunda, pero no por ello menos corriente), se me ha respondido algo inquietante: la música como llenadora de vacíos que permitirían el florecer del pensar. El propio dispositivo neoliberal de la

auto-explotación y el individualismo arroja al sujeto a competir en un mundo hostil alejado cada vez más de la idea de comunidad y humanidad. El individuo está (o mejor dicho, se siente) solo. Solo contra el mundo. Solo contra sus angustias. Solo contra el futuro. Solo contra el pasado. La inabarcabilidad de los hechos cada vez más efímeros, que saturan el ratio de información-acción y parecen dotar al mundo de un gran sinsentido, va socavando lentamente la psiquis del individuo actual. Los lazos comunitarios son los primeros en verse afectados, pero el vínculo con nuestra propia consciencia es un daño colateral que resulta en una lenta hemorragia causada por evitar aburrirnos constantemente o evadir los momentos en que los pensamientos afloran. La música se torna ruido blanco satisfactorio cuando el sujeto no podría soportar vérselas consigo mismo.

El problema de la creación

Portada del álbum Meddle de Pink Floyd

La escucha lateral no afecta únicamente a la actividad del espectador-consumidor, sino que además integra al proceso creativo.

En una entrevista reciente, el actor Matt Damon desveló algunos lineamientos que tiene la plataforma Netflix a la hora del proceso de producción de sus películas. Allí el actor cuenta cómo los largometrajes son desarrollados teniendo en cuenta a priori el hecho de la falta de atención y retención de la audiencia que resultan directamente en cambios estéticos y narrativos, como, por ejemplo, la reiteración constante de la trama en el diálogo. Podemos suponer que todas las plataformas de streaming repiten estas fórmulas para compensar la desventaja que implica la desatención.

En la industria musical, asistimos a un fenómeno similar. Como en toda industria, siempre hubo fórmulas, pero a partir de la era digital, y sin realizar un juicio de valor, la simplificación en la composición de las canciones y su diálogo con las redes sociales han catapultado a éstas a las más reconocidas listas globales en detrimento de la riqueza musical. Aunque conviene ser precavido, ya que muchas veces se peca de fundamentalismo y se llega a un extremo con comentarios cliché como “música era la de antes” o “tal género es música pobre”. Esa no es la intención de este texto.

Así como Netflix produce películas sabiendo que sus espectadores no van a prestarle toda su atención, las disqueras hacen lo mismo con los artistas sugiriendo cambios para concretar una versión más digerible, light y rentable. Las estructuras cíclicas; los estribillos excesivamente reiterados; la previsibilidad; los videoclips que siempre acompañan visualmente con una coreografía simple que todos podamos seguir para realizar un challenge en TikTok; la poca profundidad en las capas de texturas; las armonías planas. Todos ellos, signos de un arte devenido comercio.

Sé que ello no es objeto de sorpresa para nadie, pero lo que busco acá es reflexionar sobre cómo, ya sea en el nivel de la producción o de la recepción, actuamos en consonancia con

un único modo de experienciar la vida: siendo productivos. Así, no importa si la música que escuchamos está en el Billboard Hot 100, o si nos gusta escuchar bandas del under argentino: en primera instancia, somos los sujetos los que consumimos dentro del paradigma de la escucha lateral, y las industrias actúan en consecuencia a ello.

Gianni Vattimo en su libro El fin de la modernidad aborda una época de crisis y cuestionamientos a la política, la economía y los medios masivos, que ya viene desde fines del siglo pasado, donde el pensamiento del debilitamiento (pensiero debole) reconoce una línea de debilidad ontológica en, por ejemplo, el campo artístico. La saturación estética a causa de la sociedad tecnológicamente avanzada generó una estetización general de la existencia, por lo que pierde así el arte su límite y definición al mezclarse con los medios de comunicación y la lógica del mercado. Vattimo invita a pensar sobre la muerte del arte en un sentido débil y real en que arte y vida son integrados, sólo que no como quisieron las vanguardias de inicio del siglo XX, sino entendiendo “vida” como consumo y “arte” como todo aquel nivel estético al servicio de la sociedad neoliberal.

La metafísica muere en la tierra de lo múltiple superficial, donde lo kitsch es bandera.

Por otra parte, autores como Gadamer nos dan una luz de esperanza, por lo menos a nosotros, espectadores del arte, para redimir nuestros modos de observar y oír. En su libro, La actualidad de lo bello, Gadamer plantea distintas temporalidades, poniendo especial atención en la temporalidad de la fiesta: un tiempo sin tiempo. Olvidados los relojes y la preocupación del futuro, la fiesta invita a habitar plenamente un presente que se abre como un abanico de sentidos que nos atraviesan si, y sólo si, nos demoramos. El tiempo sublime de la fiesta es el tiempo del arte y por lo tanto de la contemplación. Es un todo y es un ahora contrapuesto al tiempo laboral que representa un recipiente vacío que debe ser cuantificado, calculado y llenado de actividades.

Luego de todo lo dicho, ¿es mala la democratización del arte? ¿La cultura de masas trajo solo aspectos negativos? ¿Está mal que el arte sea “simple”? ¿Debería desligarse de los circuitos de consumo? No. Ni un extremo ni el otro.

La conclusión que saque usted, lector, de estas reflexiones, es personal, pero le invito a repensar cómo vivencia el arte hoy en día. Cuánto oye. Qué trascendencia le da. Qué tanto se demora. No podemos cambiar la era tecnológica, pero sí torcer sus posibilidades. Así, amigándonos con lo improductivo y rehabitando la contemplación, no entendida como una actitud pasiva frente al mundo, sino como un momento de perder el tiempo como acto artístico-político, podremos darle la suficiente atención al arte para luego, activamente, hacer de este mundo un lugar menos productivo y más humano.



Bibliografía

– Julio Mendívil (2023). “Sobre el origen de la música” en En contra de la música. Herramientas para pensar, comprender y vivir las músicas. Gourmet Musical. Buenos Aires.

– Byung-Chul Han (2024). La sociedad del cansancio. Herder. Barcelona.

– Hans-Georg Gadamer (1991). La actualidad de lo bello: el arte como juego, símbolo y fiesta. Paidós. Buenos Aires.

– Gianni Vattimo (1985). El fin de la modernidad: nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna. Gedisa. Buenos Aires.

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