El stargate y la percepción

Si hay algo de la famosa película de Kubrick que todos deben recordar, además del misterioso monolito negro, es la secuencia pseudo-psicodélica hacia el final del film conocida como “Stargate” (literalmente “puerta estelar”), que se desencadena cuando el astronauta Bowman entra en contacto con el monolito. Su nave ingresa en un portal, o quizás un agujero negro, que lo lleva a través de numerosos planetas y galaxias desconocidos. Esta secuencia de casi nueve minutos muestra a los ojos de Bowman intentando asimilar las imágenes de paisajes extraterrestres, llenos de colores saturados y contrastantes, explosiones espaciales que se asemejan a pinturas expresionistas y figuras geométricas flotando en el espacio. La música de György Ligeti se funde con las imágenes vibrantes otorgándoles un aura cósmica e inquietante, donde la ambigüedad espacio-temporal se convierte en el tema central de la secuencia. Puede que a simple vista la unión entre las imágenes y el sonido parezca azarosa, pero en realidad ambas poseen un elemento en común: juegan con las limitaciones de nuestra percepción sensorial.

Para explicar lo que ocurre, debemos antes hacer un poco de historia.  György Sándor Ligeti nació el 28 de mayo de 1923 en la región de Transilvania, Rumania. Debido a la expansión del nazismo en Europa, el compositor debió trasladarse hacia Budapest para finalizar sus estudios musicales. Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, la comunicación de Hungría con el occidente se vio afectada por el control del gobierno comunista, lo que impidió el acceso de la nueva música de vanguardia que se estaba gestando en ese momento en Alemania. En 1956 Ligeti decidió viajar a Colonia, donde conoció al compositor Karlheinz Stockhausen trabajando en el Estudio de Música Electrónica de la WRD (Radio de Alemania Occidental). Para ese entonces, Stockhausen se dedicaba a realizar experimentos con frecuencias sonoras artificiales para determinar los límites de la audición humana. Llegó a la conclusión de que antes de los 16 Hz (pulsos por segundo) el oído percibe la duración del sonido (es decir, la distancia entre una nota y la siguiente), pero con frecuencias que pasan los 16 Hz el oído no percibe la duración sino la altura del sonido (si es más grave o más agudo). Este descubrimiento fue usado posteriormente para diseñar una forma de composición musical basada en la matemática, pero el joven Ligeti decidió ir por otro camino. Los experimentos de su mentor le permitieron explorar sobre las posibilidades de generar una música “estática”, en la que el oído humano no pudiera percibir de forma segmentada los cambios armónicos y melódicos, sino percibirlos únicamente con el paso del tiempo.  Ahora bien, ¿cómo consiguió Ligeti generar el efecto de una masa sonora? Aplicando los conocimientos de Stockhausen. Se dio cuenta que podía poner a muchos músicos tocando la misma melodía a unos pocos milisegundos de distancia uno del otro, como si fuese un gran canon multitudinario, y el oído humano no lograría percibir a todos los instrumentos por separado, la “masa” se genera gracias a la superposición de líneas melódicas que dialogan entre sí en un gran continuo. Eso que muchos perciben superficialmente como “ruido” es en realidad un entramado fríamente organizado de sonoridades combinadas.

El rol de la percepción auditiva es fundamental para captar las secciones de la pieza y cómo el material sonoro fluctúa en el transcurso del tiempo. En un periodo de profundo cambio social y animado por la actitud vanguardista de sus pares, György Ligeti rompió todas las reglas; el resultado fue la obra “Atmosphères” compuesta en 1961 y popularizada en 1968 gracias a un ambicioso film situado en el espacio.

Pero esta historia de amor no tuvo el mejor comienzo. En 1968 Ligeti realizó una demanda legal contra el director Stanley Kubrick por haber utilizado varias de sus obras sin su consentimiento. El compositor ganó el juicio y exigió la simbólica suma de un dólar. El éxito de la película le otorgó un reconocimiento internacional y posteriormente accedió a la inclusión de sus obras en otras dos películas de Kubrick: The Shining (1980) y Eyes Wide Shut (1999). A pesar de no ser concebida para la película, en cierto modo la obra de Ligeti evoca la relación del hombre con el cosmos a través de los efectos producidos por las grandes masas sonoras o “atmósferas” que se agrandan y achican. 

Ahora bien, ¿a qué se debe la elección de los colores vibrantes y de alto contraste en las imágenes del Stargate? Quizás Kubrick simplemente quiso evocar la existencia de mundos extraterrestres de una forma exótica, opuesta a nuestra propia realidad, pero podría haber una verdadera explicación científica detrás de esa elección.

La luz y el sonido son ondas que se propagan de manera ondulatoria, lo que les permite reflejarse, refractarse y atenuarse. La distancia y la velocidad son factores que influyen en el modo en que oímos y vemos las cosas. El llamado “efecto doppler” es el cambio en la frecuencia de una onda producido por el movimiento relativo de la fuente respecto de su observador u oyente. Es un fenómeno que puede percibirse tanto en el sonido como en la luz, cuando por ejemplo una ambulancia pasa por delante de nosotros y a medida que se aleja el sonido de la sirena se va escuchando cada vez más grave. En la astronomía, el efecto doppler permite medir el movimiento de las estrellas y galaxias, al igual que su composición química. Por este motivo, cuando una estrella se aleja de la Tierra, la longitud de onda de la luz que emite aumenta, lo que se conoce como desplazamiento hacia el rojo, y lo mismo ocurre a la inversa, cuando una estrella se acerca a la tierra el color se desplaza hacia el azul.

Siguiendo esta lógica podríamos suponer que, en cierto modo, los destellos de luz y las diferentes galaxias que ve Bowman mientras transita por el Stargate van pasando por todo el espectro cromático a causa de la variación de la distancia con la nave espacial. 

Aunque esta teoría no sea estrictamente aplicable al caso, al día de hoy 2001: Una odisea del espacio es considerada una de las películas más exactas en cuanto al diseño de ingeniería aeroespacial y fidelidad a las leyes gravitatorias. Las elecciones estéticas no buscaban estrictamente la verosimilitud, sino crear una metáfora para mostrar el renacimiento intelectual del personaje de Bowman y, por ende, de la audiencia. Los líquidos que explotan y flotan por el cosmos son quizás un símbolo de la expansión de la conciencia humana. “Aquí el hombre experimenta una transformación tan importante como cuando se convirtió en un usuario de herramientas. Ha trascendido su propia naturaleza, como lo hizo aquel simio original, y ahora ya no es un “hombre”. En cambio, tras envejecer y morir, renace como un niño del universo.” (Roger Ebert, 2012).

Ana Sofía Slonimsqui

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