Cuadernos de BAFICI

CC 25 de Mayo – Miércoles 22 de abril
Ficha técnica:
Le Cri des Gardes | El grito de los guardias
Dir. Claire Denis | 2025 | Francia | 107’
Sección Trayectorias
Sinopsis: Es de noche en las inmediaciones de un gran proyecto de obras públicas en algún pueblo de África Occidental. Mientras Horn, el jefe de construcción, recibe a su pareja en el campamento que comparte con un ingeniero, la llegada de un hombre llamado Alboury altera el equilibrio: exige recuperar el cuerpo de su hermano, muerto en la obra, y no piensa irse sin respuesta. TRAILER
“¿Me ayudarás a levantar el cadáver?”, pregunta Antígona a Ismene. “¿De verdad piensas darle sepultura, a pesar de que se haya prohibido a toda la ciudad?”, responde la segunda. “Una cosa es cierta: es mi hermano y el tuyo, quiéraslo o no. Nadie me acusará de traición por haberlo abandonado”, sentencia la protagonista. Esta tragedia de Sófocles ha sido reescrita, adaptada y transpuesta a todos los medios por su relevancia universal. Ahora, el año es 2025, no es el castillo de Tebas y no es Antígona quien ruega por el cuerpo de su hermano; en su lugar se encuentra Alboury (Isaach de Bankolé), un hombre que reclama la devolución del cuerpo de su hermano Nouofia, muerto en el sitio de una obra en construcción. Del otro lado de la cerca se encuentra Horn (Matt Dillon), capataz de la obra que, ante la insistencia del sujeto autoconvocado y sus propias preocupaciones personales, hace todo lo posible por deshacerse del intruso -una de las preguntas que subyace el cine de Claire Denis: ¿quien es el verdadero intruso en esas tierras?-. La desconfianza de Horn enfrentada a la inquebrantable voluntad de Alboury llevan a los dos hombres a probar sus límites. La acción transcurre en un lapso de 24 horas, en las que las verdades salen inevitablemente a la superficie, dando a conocer las siniestras circunstancias de la muerte de Nouofia.
El relato está situado en una ciudad no identificada de la África Occidental post-colonial, un territorio ampliamente transitado por la cineasta francesa tanto en su vida privada como en su filmografía. Aunque en este caso las figuras de los colonos están representadas por norteamericanos e ingleses en lugar de franceses, no es necesario escarbar demasiado hondo para comprender el tono moralizador del relato. Esto se evidencia en una de las primeras escenas, donde el personaje de Cal (Tom Blyth), mano derecha de Horn y jefe de obreros de la construcción, es presentado en la historia llegando a su puesto de trabajo en camioneta mientras canta con entusiasmo el himno de protesta político “Beds Are Burning” del grupo australiano Midnight Oil, el cual exige en su letra la devolución de tierras ancestrales a los pueblos aborígenes, pero la ironía parece escaparle al propio Cal. La tensión en el ambiente se ve acrecentada con la llegada de Leone (Mia McKenna-Bruce), la joven y reciente esposa de Horn, que con su sensibilidad y aparente inocencia termina por desestabilizar a los hombres del sitio.
La película adapta la obra Combate de perros y negros (1979) del francés Bernard-Marie Koltès, no sin cierta dificultad. La estaticidad espacial y temporal no construyen un ambiente muy propicio para la evolución de los diálogos, que parecen diluirse en su propia repetición. En definitiva, el elemento más fuerte y expresivo del film es el rostro del propio de Bankolé, presente en la filmografía de Denis desde su debut cinematográfico Chocolat (1988). A lo largo del relato, los tres personajes que interactúan con él le insisten que “acerque su cara a la luz, porque no lo ven bien en la oscuridad”. Esa oscuridad no refiere únicamente a la negritud de su piel, sino al pesar oscuro que oprime a Alboury: la imposibilidad de realizar un duelo. “¿Por qué te da miedo utilizar la palabra «hermano»?”, le repite reiteradas veces a Horn, apelando de lleno a la humanidad del hombre blanco que tiene enfrente -si es que en verdad la tiene- para recuperar el cuerpo de su hermano y llevarlo a su familia. Alboury, al igual que Antígona, tiene clara su misión y no está dispuesto a dar el brazo a torcer.
Sabemos que los rituales mortuorios son, en esencia, un acto de simbolización más necesario para los vivos que para los muertos, pero es prudente realizar una salvedad. A diferencia de la tradición judeo-cristiana donde hay una esperanza de salvación del alma o incluso el simple retorno del cuerpo a la tierra – “pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:19) -, en rituales propios de las culturas africanas como la Yoruba, estas ceremonias son el puente entre la vida terrenal y la elevación espiritual del alma del difunto, que es transformado en un ancestro venerado.
Los gritos nocturnos que intercambian los guardias del sitio para darse señales a la distancia -y dan nombre a la película- terminan por transformarse en un canto cuasi litúrgico. Evocan en un punto la misa de difuntos y se pierden en la oscuridad de la noche junto con la cara de Alboury.

Teatro General Alvear – Viernes 24 de abril
Ficha técnica:
Power Ballad | Letras robadas
Dir. John Carney | 2026 | Irlanda – Estados Unidos | 98’
Función de clausura
Sinopsis: La música une y separa a un cantante de bodas y a una estrella de rock, atravesados por una canción que altera sus trayectorias y redefine sus deseos. TRAILER
De la misma forma en que mi padre (+50) me hace ver los videos que grabó durante un asado con sus amigos -en los que se los ve tocando la guitarra y cantando a los gritos luego de tres copas de vino y cinco choripanes- buscando mi complicidad y aprobación, Rick Power (Paul Rudd) le insiste a su hija para que se quede a escuchar la nueva canción que grabó en su computadora. Frente a la insistencia de su padre, la adolescente se inquieta y trata de huir lo más rápido posible, antes de que la sensación de cringe -vergüenza ajena- se apodere de su ser.
En mi familia tenemos una broma recurrente: “mamá para las cosas importantes, papá para las boludeces”. Esta afirmación de ningún modo les hace justicia a los roles de nuestros progenitores en nuestras vidas, y tampoco es justo calificar a la música y al cine de “boludeces”; pero sí debo reconocer que, cuando de arte se trata, la primera persona a la que recurro es a mi papá y la segunda, John Carney. El aclamado director irlandés saltó a la fama por sus películas sobre drama musical, de las cuales Once (2007), Begin Again (2011), y Sing Street (2016) son las más conocidas. Su afición por la música no es casual, él mismo es quien co-escribió las canciones originales de varias de sus producciones. Un fundamentalista del sentimiento, Carney sabe que la música logra transmitir sensaciones que las palabras no, y este año llegó con una nueva película para recordárnoslo.
Power Ballad -horriblemente traducida como Letras robadas– cuenta la historia de Rick Power, un fallido cantautor que, convertido en vocalista de la banda de casamientos The Bride and Groove, una noche luego de tocar termina casualmente en una sesión de improvisación con Danny Wilson (Nick Jonas), un ex-integrante de una boyband que está intentando encontrar su propio sonido como artista solista. Meses más tarde de la velada anecdótica, Rick descubre que Danny le robó su canción y la convirtió en un hit global. Lo que superficialmente parece una historia sobre el reconocimiento artístico, una sátira de la industria musical en la era del tiktok o incluso la exageración de la crisis existencial de un hombre en sus 50, en realidad encierra un sentido mucho más profundo. La película reivindica de forma sentimental el cruce entre generaciones y nos invita a volver a conectar con la experiencia sensible de compartir música.
En una primera instancia, se plantea la gran batalla entre la power ballad -conocida como balada o lento- y el hit -canción que alcanza popularidad masiva a nivel global-. La balada de rock tuvo su apogeo en la década de los 80 y rápidamente se convirtió en una herramienta comercial que propulsaba la escucha de bandas de metal y rock pesado en las radios de alcance masivo. Eran canciones lentas y sentimentales que combinaban una introducción suave con una explosión de intensidad instrumental y vocal hacia el final. Algunos ejemplos son: “Home sweet home” de Mötley Crüe, “Wind of change” de Scorpions, “I don’t want to miss a thing” de Aerosmith, entre muchas otras. En realidad, la power ballad técnicamente es un hit, pero con el acelerado avance de la tecnología no es difícil imaginar el alcance global que tiene una canción en el Top diario de Spotify en comparación con una pasada diaria en la radio. La fórmula de la balada rockera pasó a estar condicionada por una lógica económica y dejó atrás su esencia original: la de generar conexiones físicas y sentimentales entre las personas.
La disputa del terreno entre “lo nuevo” y “lo viejo” se materializa en ambos músicos: Danny como ejemplo de la superestrella viralizada -en lo que parece más una autoparodia del mismo Jonas que un simple guiño cómico-, con una falta de talento enmascarada por su carisma y un aparato de marketing sostenido por su mánager millenial desalmado (Jack Reynor); mientras que del lado opuesto tenemos a Rick, un hombre que abandonó el deseo de convertirse en artista musical cuando decidió dedicar su vida a la construcción de una familia. Tiene talento y potencial, pero no cuenta con los recursos para explotarlo. En una batalla de egos, Rick se deja consumir por sus propias fantasías: ve en Danny lo que podría haber sido su vida si sus aspiraciones musicales no hubieran dejado de ser una prioridad.
La película exuda serotonina por todos lados. El humor y el carisma de los personajes, las pegajosas canciones originales y el tierno mensaje sobre el valor de contar con una familia que te apoye -incluso en tus peores momentos- son elementos fundamentales que consiguen en última instancia ablandar el corazón de los espectadores. El desarrollo de la trama, si se lo analiza en su estructura general, es más bien clásico, incluso algunos podrían tildarlo de “básico”; pero eso de ningún modo desacredita lo que logra suscitar Carney en las audiencias. La sala rió en voz alta durante todo el largometraje, y hacia el final algunos -yo incluida- no pudimos contener las lágrimas de aprobación. “You’re not real”, le dice Rick a Danny en una acalorada discusión, lo que parece ser el mayor de los insultos al orgullo del popstar. Se puede tener fama, dinero, grandes conciertos en los que miles de personas corean al unísono tus canciones, pero sin una familia con quien compartir esos logros nada tiene sentido. La película enseña que el mayor error que comete Danny no es el robo de la composición, sino que nunca entendió de lo que realmente se trataba.
Las baladas o lentos históricamente invitan al convivio, a la vivencia comunitaria de compartir esa música: un retorno a la experiencia sensible. No puedo evitar volver hacia la histórica campaña publicitaria de Doritos lanzada en 2009, popularmente conocida bajo el slogan: “Que vuelvan los lentos” (link). Una campaña cuyo mensaje -además de vender el aclamado snack-, buscaba movilizar a las juventudes que anhelaban el afecto físico y la cercanía que poco a poco se desvanecía ante el avance de la era digital. Aunque el marketing de la nostalgia es algo común en nuestros días, la popularidad de la campaña aún tiene algo que enseñarnos. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste a gritos un tema en el auto con tu papá, o aprovechaste alguna de las baladas románticas que pasan hacia el final de la fiesta para ver si la persona que te gusta te rechaza o devuelve el beso? Power Ballad nos enseña que lo analógico no siempre significa una “vuelta a lo viejo”, sino un reconectar con el mundo real, ese que existe más allá del algoritmo y el perfil digital. La música -y el arte en general- establece un puente entre generaciones.
Es entonces cuando vuelvo del cine alegre, revitalizada, y me encuentro con mi querido padre haciendo el clásico asado de los domingos. En nuestra playlist compartida suena “Alone” de Heart, y la cantamos juntos como si estuviéramos en un recital.
Ana Sofía Slonimsqui

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