Tener espíritu y Perfect Days
Tema polémico, sí, ya sé. Siempre el que señala se señala a sí mismo con otros cuatro dedos, bla bla bla.
¿Podemos sentarnos un rato y pensar en lo aplanadora que es la globalización? ¿Cómo es que ahora existen “aesthetics”, o sea códigos cifrados de subcultura a escala planetaria? ¿Por qué ahora ser gótico es cool?
No es que vea algo inherentemente malo en eso. Me resulta bastante gracioso cómo hoy la gente puede comprar identidades por selección como si estuviera en un supermercado. Creo que la mayoría todavía no se da cuenta de que el umbral de consciencia para hacer algo realmente único se volvió más alto.
Podés ser racionalista. Podés ser k-pop. Podés ser minimalista, trad-wife, punk, dominatrix, programador obsesionado con la productividad, coleccionista de vinilos o experto en café de especialidad. Pero la pregunta es si eso es ser o parecer. Conocer los keywords. Anticipar las preguntas correctas. Adquirir los objetos correctos. Aprender las opiniones correctas. Ser aceptado. Ser incorporado.
Incluso se puede imitar ser autista. Solo necesitás una colección y algunos stim toys.
Y la pregunta que me interesa no es por qué existe el signalling. Ya sé que existe. La pregunta es por qué parece ocupar tanto espacio.
No me respondan que es algo inherentemente humano. Hay muchísima gente que vive fuera de estos circuitos y funciona perfectamente bien. Y sí, ya sé, también están los autos para impresionar a los compañeros de trabajo, las casas para impresionar a los vecinos y los relojes para impresionar a otros hombres que usan relojes. Eso existe desde hace siglos.
Lo que me interesa es otra cosa.
¿Por qué alguien termina siendo quien es?
Y ya conozco la respuesta habitual: porque no lo elige.
Me parece una respuesta incompleta.
Sí lo elige, pero rara vez de forma consciente.
Lo eligen los microtraumas. Lo elige la bajada de línea cultural. Lo eligen miles de condicionamientos diminutos que nadie registra. La sutileza pavloviana de toda sociedad humana.
Si no te ponés un vestido, te castigamos.
Si no te gusta el fútbol, te aislamos.
Si no estudiás determinada carrera, te decepcionamos.
Si no querés tener hijos, te miramos raro.
Lo mismo en todos los ambientes, con distintos contenidos.
Y quizás por eso me resulta tan extraño que sigamos organizando gran parte de nuestras vidas alrededor de dinámicas tan antiguas. Estamos en vísperas de una segunda carrera espacial y sin embargo muchas veces esto sigue pareciéndose a una feria rural donde la gente compite por quién cultivó las mejores hortalizas o tiene los canarios que cantan más fuerte.
Quizás estoy siendo injusto.
Quizás las culturas que compiten simplemente hacen más ruido y por eso ocupan más espacio en mi percepción.
Quizás sea un sesgo cognitivo.
Pero sigo teniendo la sensación de que algo se perdió. No progreso. No tecnología. No libertad. Algo más difícil de nombrar.
Espíritu.
Y no hablo en términos religiosos. Hablo de profundidad. De imaginación. De la capacidad de una persona para preguntarse si realmente quiere la vida que está viviendo.
Porque internet hizo cosas maravillosas. Nos conecta de formas que hace cien años hubieran parecido magia. Democratizó cantidades absurdas de conocimiento. Permitió que personas solitarias encontraran a otras personas parecidas al otro lado del planeta.
Y sin embargo también convirtió la identidad en algo extraordinariamente fácil de copiar.
Tal vez ese sea el problema. No que existan más opciones. Sino que existen tantas que ahora también existen identidades prefabricadas para quienes creen estar escapando de las identidades prefabricadas.

Después pienso en Hirayama.
El protagonista de Perfect Days. Un hombre que limpia baños públicos en Tokio, que cuida sus plantines con una atención casi ritual, que fotografía árboles con una cámara analógica, que lee en el mismo banco todas las tardes y no parece necesitar que nadie lo vea haciendo nada de eso. Una vida pequeña en el sentido geográfico. Enorme en otro sentido que es difícil precisar.
No es que Hirayama haya “resuelto” nada. No es un buda ni un sabio ni un personaje que el guion propone como modelo. Es simplemente alguien que logró habitar su propia vida sin pedir permiso para eso y sin necesitar que nadie le confirme que está haciéndolo bien.
Y lo curioso es que esa imagen se siente más radical hoy que cualquier aesthetic en TikTok.
Porque la escala micro no es una renuncia. No es minimalismo de Pinterest ni slow living de Instagram. Es simplemente la pregunta de si lo que hacés todos los días tiene algo tuyo adentro o es puro reflejo de lo que el entorno decidió que debías querer.
La mayoría de las personas que conozco que tienen algo parecido a lo que llamo espíritu no lo tienen porque sean extraordinarias. Lo tienen porque en algún momento, por accidente o por obstinación, dejaron de pedirle permiso al ambiente para ser quienes son.
No estoy romantizando eso. Es difícil. El ambiente cobra el precio.
Pero existe.
En este punto podríamos citar a Umberto Eco y discutir si los medios masivos son una condena o una democratización de la cultura. Podríamos citar a Mark Fisher y hablar del realismo capitalista. Podríamos citar a Jung y recordar que al espíritu de las profundidades no le importa demasiado lo que piense el espíritu de la época.
Pero quizás todos estén apuntando hacia algo parecido. Que no todo lo que existe merece sobrevivir. Y que no todo lo que sobrevive lo hace por accidente.
Habrá que ver cuánto de Elon Musk sigue siendo relevante dentro de cien años. Lo mismo aplica para la mayoría de nosotros.
Porque tal vez la verdadera pregunta no sea qué está de moda ahora, sino qué parte de uno sigue viva cuando la moda pasa.
No descarto estar equivocado.
Soy autista y básicamente no obtengo ningún trofeo emocional de la validación social. Los títulos universitarios me dejan indiferente. Los puestos de CEO me dejan indiferente. Las jerarquías políticas me dejan indiferente. Puedo entender intelectualmente por qué importan, pero rara vez sentirlo.
Quizás por eso todo este asunto me resulta tan borroso. Quizás estoy observando un juego cuyas recompensas nunca terminaron de funcionar sobre mí.
Pero incluso aceptando eso, sigo sospechando que la gran mayoría de la humanidad vive dentro de alguna forma de indefensión aprendida. Sea el Leviatán de Hobbes. Sea el Vigilar y Castigar de Foucault. Sean los Diez Mandamientos o cualquiera de sus equivalentes modernos.
La pregunta central sigue siendo la misma.
¿Hay otras formas de vivir que no estamos explorando por seguir interpretando los mismos dramas sociales de siempre?
De eso estoy bastante seguro que sí.
El problema es que todavía no sé cómo se ven.
Bautista Somaschini

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