Dos lecturas de verano

1) Simpática y compacta, desdeñada por los puristas y recomendada por los libreros mal pagos trabajando en cadenas explotadoras. Romántica, familiar, sin demasiados divorcios, depresiones agudas o muertes. Generalmente transporta al lector a un destino plagado de turistas, refrescante y bronceado.

2) Densa, mamotreta, podría herir a un niño pequeño si se la tirase de un quinto piso. Espera en el estante, observando al lector durante junio y agosto, ansiando las horas ociosas del verano donde se pueda sumergir en sus páginas.

Yo no tomo partido. Sólo les cuento mis notas y mis subrayados, para que ustedes puedan hacer los suyos.

Creo que Virginia Higa es la heredera de Hebe Uhart. Yo le cedo su corona. Ambas detentan el título de reinas de la simpleza. La pasión documental de Hebe en sus crónicas de viaje tiene un gran reflejo en Los Sorrentinos, que no es otra cosa que un retrato cariñoso de un lugar y su gente. Y las pinceladas, los trazos de ese retrato tienen la misma alma. En Hebe hay un mismo salto entre lugares en donde se pone el ojo, pasajes entre oraciones que descolocan por el aparente azar que las une, una lógica anecdótica de encadenar una historia:

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre. (Uhart, “El budín esponjoso”, 1977)

Carmela era argentina, marplatense como sus hermanos, pero hablaba con su familia en napolitano y tenía la piel trigueña y el temperamento meridional, y eso a Elvio lo enamoró. Como de chica había vivido en la casa amarilla de sus padres, en Sorrento, amaba los limones, los acantilados y todo lo que le recordara a su infancia. Sentía una gran conexión con África y sus habitantes, aunque nunca había estado ahí ni sabía nombrar más de tres países africanos. (…)

—¡Cómo me gustaría algún día hacer amistad con un negro!—decía Carmela, recordando a esa familia—. ¡Qué lindo el pelo mota! ¡Qué buena piel tienen las mujeres! (Higa, Los Sorrentinos, 2018)

Hebe y Virginia tienen un gran ojo para las clasificaciones. Describen la realidad en sus texturas y dimensiones, encuentran las metáforas que permiten ver lo singular en los objetos de todos los días.

Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que les faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un protoalimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio. (Uhart, “El budín esponjoso”, 1977)

Es sabido que el raviol se come de un bocado, y que en un plato entran incontables ravioles. El raviol no es una entidad definida, existe en la acumulación. Decir “comí un raviol” es una cosa absurda, un sinsentido. Un sorrentino, en cambio, es un ente en sí mismo. Un niño o una mujer que se alimentara como un pajarito pueden comer un solo sorrentino con total dignidad. (Higa, 12:2018)

Pero esta simpleza no las vuelve inocentes. Sólo las vuelve inmunes a los adornos, a las ideas superficiales que ocultan las cosas y no van al centro de su esencia. La frescura de su literatura viene de una falta de deseo por decir cualquier cosa inteligente o que “quede bien”, por una falta de filtro para decir sus opiniones más genuinas. Y en este ojo que lo mira todo sin juicio y sin tapujos, puede entrar todo el lenguaje sin distinción de alto o bajo, puede mirar con la misma honestidad al desengaño, la tragedia o la muerte.

Al principio yo esperaba alegremente cómo iba a aparecer la sota; me parecía que era como una decisión personal de ese caballero aparecer de formas diferentes, como si cuando se vistiera, dijera, por ejemplo: “Ahora me voy a poner un oro encima”.

(…)

Cuando llevaba el palo, un palo gordo y lleno de hojitas, al principio me produjo cierta desconfianza; después vi que no tenía ninguna actitud ni gesto airado, más bien llevaba el palo como una carga, con una especie de resignación. Como iba jugando todos los días ya me había acostumbrado a las variantes en que podía aparecer la sota; finalmente me agarró una cierta irritación, como si la sota fuera un boludo que llevaba lo que le ponían, como si tuviera la obligación de llevar el oro la espada y el palo; pero conservaba cierta alegría por la sota de oro. (Uhart, “El juego de cartas”, 2019)

En la familia, Dorita era famosa por ser considerada “muy boluda”. (…).

—¡Boh! No se rían de la prima Dorita. No es vanidosa, le falta pensamiento abstracto. (Higa, 122:2018)

Un día la Gorda se enteró de que estaba enferma de cáncer. Comenzó a faltar al trabajo con frecuencia y, cuando aparecía, estaba ojerosa y cansada. Ya no tenía fuerzas para hacer cumplir su voluntad, pero su presencia volvía el clima en la cocina cada vez más sombrío. (…)

La familia odiaba hablar de enfermedades y no le hicieron muchas preguntas; creían secretamente que discutir las dolencias era un presagio que las atraía. Para horror de todos, poco después Electra se enteró de que ella también tenía cáncer. El Chiche, que internamente ya había hecho las paces con la mujer de su sobrino, volvió a decir por lo bajo en la mesa:

—¡Maldito el día en que contraté a la Gorda! (Higa, 73:2018)

Para terminar, quiero poner la lupa un poco más en Los Sorrentinos: los dolores de la familia ocupan el mismo espacio en la página que sus alegrías, sus excentricidades, su forma correcta de cortar los sorrentinos. Todas estas cosas hacen a una vida, a una familia. Esto es especialmente refrescante en su forma de tratar al personaje de Chiche, el protagonista y el alma de la Trattoria, y un catrosho (puto?) en el lenguaje familiar. Vemos su sexualidad como si fuera nuestro tío excéntrico hace medio siglo: un secreto a voces, conocemos a sus amigos catroshos, sabemos qué playa frecuenta, somos testigos de la terapia de conversión a la que fue expuesto con una naturalidad que sólo realza lo normales y lo crueles que eran este tipo de tratamientos en el pasado. Y lo amamos, y nos enojamos con él, y lo lloramos, y recordamos con él, en toda su variopinta humanidad.

Hay algo de misterio en Los galgos, los galgos

a) El título doble

b) La desdicha infinita de Julián

c) La maldad de Julián

d) Lo que piensa el relato sobre la desdicha infinita y la maldad de Julián. ¿Quiere que empaticemos con él? ¿Quiere que lo odiemos? ¿Quiere que lo lloremos? ¿Quiere que le escupamos en la cara?

e) Ciertas ocurrencias del lenguaje en la novela. “¿Alguna vez se ha visto a un insecto triste?” Como esta hay miles. De dónde viene esa lengua, el rastro de qué locura se introduce con súbitos flashes en el relato.

f) Adelina. Su fuerza, su desgracia. El relato es tan injusto con ella, Julián es tan injusto con ella. ¿Para qué? (véase punto d)

g) Todos los personajes tienen adentro suyo un misterio. La novela pareciera presentar una concepción de la naturaleza humana en la que luchamos contra un misterio adentro nuestro que tira de nosotros, nos arrastra hacia nuestro destino, es decir, hacia la muerte. Julián es el primero, pero pienso en Lisa, en Juan Ramos, en Sophie que es Victoire, en Agapito, en Flores, en Adelina. Pienso sobre todo en el comienzo de las peleas. “Si estamos tan acordes, ¿por qué peleamos tanto?”.

También hay mucho humor en Los galgos. Nombres como Sigfrido, Agapito, Entuérfano, el colibrí, apodos como el mitómano calvo que deviene el mit. calv., los diálogos: “—Julián, parecías San José, ahora parecés un bandido mexicano” (¡son las últimas palabras que le dice Adelina en la novela!). Es una novela muy francesa y muy filosófica pero tiene un desparpajo enorme con el lenguaje. Quizás las novelas muy francesas y muy filosóficas también son así y yo no estoy enterada.

Los espacios. Buenos Aires, el campo (Las Zanjas), París, Buenos Aires, el campo. Adentro y afuera: el departamento de soltero en Buenos Aires, la oficina en el bufete de abogados, Las Zanjas adentro y Las Zanjas afuera con los galgos corriendo por el bosque, el departamento frío de París, la casa de los embajadores, Victoire que es Sophie, el hotel donde hacen el amor con Elena, la casa de Tamara donde hacen el amor con Tamara, la habitación de Diego, la casa de Sofía y su porche y su estanque, la casa atiborrada de cuadros donde murió el anciano y ahora vive Adelina, la transformación de Las Zanjas de la mano de Adelina, etc., etc. Los espacios son infinitos y cuentan esa historia que cuentan los espacios, historias quietas, mantos sobre las personas. El misterio adentro de Julián es inamovible, pero también tiene algo de flâneur, experimenta los espacios como si fueran parte de sí, casi con una inocencia infantil que pone el absoluto del mundo, el centro, en esos paisajes; la nieve que cae por la ventana, los galgos corriendo por el bosque, la fuente de la plaza atravesada por un barquito de juguete, la torta de chocolate rellena con almíbar.

La relación con Lisa tiene algunos silencios en el relato, misterios para el texto pero no para los entendidos de qué es el amor y cómo se pierde. La relación con las otras mujeres, diría, está mucho más explicitada: la crueldad hacia cada una de ellas está totalmente expuesta. Con Adelina, esa crueldad llega a la violencia. Es una parte desesperante de la novela. No sé si me gusta o si me permito que me parezca bien. Véase punto d. 

Finalmente

hay muchas menos muertes, divorcios o depresiones agudas en Los galgos, los galgos que en Los Sorrentinos, pero cada uno de estos libros cumple a la perfección con su epíteto de libro denso y libro liviano respectivamente. Creo que ambas autoras logran hacer de la densidad y de la ligereza un estilo, una belleza. Además de lo apasionante de los personajes y los espacios en estos libros, su forma habla.

Vera Fritz Levit

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