Una carta de amor para mi querid@ Tiempo.



Acontecimiento, voz bajita, aguda. Función de filmina. Esa carta acorazonada de pulsión de puño, que ruge de los intestinos de un vientre crocante.
Dedo señalador y pesado, se pela como una mandarina, que luego, polvo, alimentará los vuelcos. Incrimina por densidad. Suaviza un masaje de broma y palmas huecas. Nacimiento de pliegues, deshilacha las prendas.
Barbarie perezosa, que pretende en cada ultimátum de consumo un artículo arrollado.
Mentiroso como el coetáneo, aunque el deseo de manipular es religioso, condenaré mis perversidades para todo lo que se nos sabe sancionar: la pareidolia, las formas de un pretérito señalador. El pacto con aquello que está detrás; un ladrón que no teme ser visto, revelando su apariencia, pavoneándose del afano en el encaje desgastado, los valores perdidos, aquel que da sentido por afecto y efecto. ¿Quién le dio tanta fábula al piscui? Ya fanfarrón, atrevido, en boca de todos, no hace más que exhibirse. Y una, tonta, cloquea en los vestigios de la voluntad chasqueada.
Tengo una reacción para lo que no temo: el colchón al que le pondría textura, viscosidad, pegote, como las malas noticias. Una epidemia despliega aquel mortal despojado de su arrogante ombligo, compartiendo su desaparición con los suyos.
Llegó el actor del desembarque. Duro mar, denso, vertiginoso, que en vez de olas tiene cartílagos y mala marea. Se nos escapa de las garras. Un reciente imposible de evaluar, porque torpe, cercano, aún no le condena el travieso ciclo. No tiene artículo ni tesis, es nacido e insistente. Otra marea de cartílagos logrará introducirse en partícula, hasta ser tomada por ella. Un menisco en fracción alimenta al consecuente polvo esterilizador, el que raspa el líquido, el rebelde. Impermeable, así cosecha agua, que a lengüetazos le serrucha, le embalsa, le recuerda que su comienzo es de mundo; sin él no hay mundo, sin ella tampoco, sin elles tampoco.
El motor con musgo no tiene algoritmo, siquiera algo de ritmo. No hay operación, ni riesgo, ni funcionamiento. Le pertenezco al mundo cuando éste ha de atravesarse. Si lo nombro, se pronuncia, se introduce, desaparece el por detrás, y ambos coexistimos en convención. ¿Le inventé o él me inventó a mí? ¿Es mujer? ¿Hombre? ¿No binario? ¿Se enojará si sabe que le hablo como una engreída?
Que le aborrezco y agradezco por enseñarme el juego del que no tuve elección.
A mí ¿qué me importa la anchura y la longitud de mis verrugas, si estoy de fiesta mientras me desvalijan las chatarras? Le agregas plumas al pollito, le rompes el cascarón al mago, al bruto.
¿Qué tatuaje me llevaré a la tumba?
Querido, le recuerdo, le puedo dar forma, perfume y color. Espero me des una respuesta cariñosa a los malos tiempos (válgame). No me gustan esos refranes en los que te recitan como un vago o como el mismísimo demonio tentador. Sé que no sos capaz de crear paradojas imprevisibles, porque para eso debo de creerte.
Lamento no atenderte como lo mereces. No te aferres a mis malas ausencias, que solo sé que no hay vuelta en el avance. Te dedico una canción de Lolita, pero te lo juro yo, que no hay más que placer y rebusque. Dejá de coquetearme, que ya resultás un abusivo. Con los míos y con los que te llevaste. Te creo como una víctima, pero te encanta tanto la pollera corta, y ahora que recuerdo, estás en la fiesta a mi lado, meneando la pelvis. ¿Son más? ¿También tenés los tuyos? ¿Me viste muerta alguna vez? Te repito: de mi creencia, te creo. Nos asimilamos, puede que seas un poco mío y yo un poco tuyo. No me veo tanto como vos, porque sos haragán y poderosa, una leyenda de los babus y las diosas.
No hago más que insultarte por seducción. No es lindo. No puedo nombrarte bello, ni flaca, ni gordo. Sos odioso, fea y croto. Te inventé, me contoneo de mí, me apropio, como todo un transeúnte, de tus logros y tus rastros. No te pido un beso; se los das a todas. Estás aferrada a la farra y sos glotón, como puerco espectador.
No ejecutas más que existencia, entonces no ejerces, si te es fácil el renombre. Sos un invento de mi cabeza, pobre loca. Sos el, o ella, o elle, mar cartilaginoso, con restos de cartuchos. Sos guerra, y te habitamos. Completaste la indiferencia, y acá no hay súplica. Te debemos todos los favores de las almas.
Quiero aprenderte, pero sos un atorrante y un chorro fastidioso. Te pluralizo, y también te adopto: argentina y terco. Te deseo tanto el perdón.
Solo sos una excusa de la criminal tragedia que conlleva ser una cosa.
Att. y por desdicha, espero tu respuesta.
Merzzo, Mercedes Camila Menzottero, Ingeniero Maschwitz.


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