Te salgo a buscar, quimera
1 )
El pánico te espera en cualquier lado.
A mí me encontró de repente, en un lugar cálido lleno de gente amiga. ¿Qué fue lo que me desesperó? Una primera respuesta: el vértigo. Un vértigo que me era remotamente familiar, construido por restos de pensamientos no alcanzados, cansados, cansados. Voy a tratar de apalabrarlos ahora, con la indemnidad que me garantiza la distancia. Primer signo: el silencio, pero no cualquiera: un silencio monstruoso, parecido al que gritan las cosas de tu cuarto cuando volvés de un recital o de una fiesta. Un silencio casi tan mañoso como yo, resuelto a aturdirme. En medio de un lugar lleno de gente, silencio.
El segundo signo es más difícil de explicar. A ver, era la percepción forzada de líneas, líneas leves, dibujadas con una sutileza estridente. Todo puede ser tan peligrosamente leve. Ambos signos eran sentidos que había empezado a distorsionar sin darme cuenta, seguramente bajo el efecto de cierta hipersensibilidad lisérgica, no sé, no importa. El bramido mudo que me enloquecía era el idioma que habían aprendido las líneas, o al revés: las líneas eran la forma en que se representaba el zumbido; su materialidad, su carne.
2)
Podía hundirme o correr. Yo elegí las dos.
Huir, aunque fuera estéril, huir. Salí disparado del lugar, depositando una esperanza módica en que la lluvia y el frío aliviarían mi desesperación. No, ese torbellino de multitudes que no sabía contener seguía taladrándome la cabeza y no podía zafarme de su hechizo. La escena era dramática y al mismo tiempo acorralada por la hilaridad. Visto desde afuera, el cuadro mostraba a un tipo caminando apurado por Corrientes a las dos de la mañana sin ningún norte. Había que llegar lo más rápido que se pudiera a ningún lugar. De repente, en medio del apuro, cada vez más absorbido por las líneas y sus sonidos, se me presentó una revelación: más que correr, tenía que acordarme. La memoria, mucho más que la destreza muscular, me iba a permitir sacarle al pánico algunos metros de distancia. Acordarme: ¿qué me había salvado antes? ¿Qué fuerzas misteriosas habían podido conspirar contra el pánico otras veces?
Como si mi apuro confundido no fuera lo suficientemente risible, al número montado le sumé una nueva gracia: empecé a cantar. Empecé a cantar Drexler y más tarde María Elena Walsh, sin dejar de caminar rápido, a las dos de la mañana, bajo la lluvia, porque se me había ocurrido la idea de que el mío era un problema de memoria, y que esas canciones iban a saber recordarme algo sobre mí. Mi voz, que era un trapo, un trapo enclenque, no había olvidado la combinatoria ni la liturgia del ritual y consiguió asociar con extrema delicadeza melodías y letras que vivían en el fondo de mi corazón transido: “te salgo a buscar/ quimera/ mariposa de papel/ te pienso seguir buscando/ la vida entera”. Cantaba con timidez, cabizbajo, como si no confiara demasiado en mi estrategia, tal vez inhibido por los oídos de los balcones, mientras veía alrededor tejerse la madrugada gélida, la gente durmiendo en las veredas, los kioscos abiertos y vacíos, el viento chiflando sordo. Seguí: “la vida cantando nubes/ buscando que el cielo rime/ dejando en la hoja en blanco/ cicatrices que el tiempo imprime”, pero ahora con un poco más de confianza. Las cosas comenzaban a recobrar su familiaridad terrible pero milagrosa. Cuando después me sobrevinieron algunos versos de María Elena yo me aferré a ellos como quien se busca en la voz o en los ojos de sus hermanos: “no te vayas/ te lo pido/ de esta casa nuestra/ donde hemos vivido/ ¿qué nostalgia/ te puede llevar/ si de la ventana/ no vemos el mar?/ y afuera llora la ciudad/ tanta soledad”.
Tomas Zygier

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