Sobre espectros y sombras

Un niño corre por un parque, atolondrado. Pisa todo el suelo que para él es el mismo suelo, una carrera hacia algo prometido: le han dicho qué es, se lo imagina, pero no lo conoce. Asocia esta maravilla con otras que ha conocido, la moldea en función de lo que ha oído. Lo nuevo no es enteramente nuevo, pero en su condición se torna desconocido y ávido de ser conocido. Corre, sin saberlo, desde una lógica metonímica: el mundo no como totalidad, sino como un conjunto de singularidades yuxtapuestas, que se rozan sin fundirse. No pueden sustituirse unas a otras, sino que existen en relación de contigüidad.

Un encuentro donde las singularidades se concentran sin perder su propia condición. No existe un centro, un punto cero, más bien se despliega sobre el presente una vorágine significante abierta. Una construcción enloquecida del porvenir que no se pierde en las sombras, o que, sin saber cuáles son sus sombras, no sabe dónde está perdida.

En “Sombras sobre vidrio esmerilado”, de Saer, la protagonista teje un poema a lo largo del cuento, fragmentado, en prosa. Deportado de su singularidad absoluta, convertido en verso, el poema esgrime:

Veo una sombra sobre un vidrio. Veo

algo que amé hecho sombra y proyectado

sobre la transparencia del deseo

como sobre un cristal esmerilado.

En confusión, súbitamente, apenas,

vi la explosión de un cuerpo y de su sombra,

ahora el silencio teje cantilenas

que duran más que el cuerpo y que la sombra.

Ah, si un cuerpo nos diese aunque no dure

cualquier señal oscura de sentido

como un olor salvaje que perdure

contra las formaciones del olvido,

Y que por ese olor reconozcamos

cuál es el sitio de la casa humana

como reconocemos por los ramos

de luz solar la piel de la mañana

Eyecta de su singularidad absoluta, la imagen. Un encuentro donde las singularidades –la luz y el reflejo de la luz– se encuentran. Eyecta de su diferencia absoluta, una fecha –una datación, única– que sucede una vez, en todas partes y en un solo lugar, y que no deja de suceder –efemérides, aniversarios, cumpleaños–. Eyecto el tiempo en “Videotape” de Radiohead, 

This is my way of saying goodbye (Esta es mi forma de decir adiós)

‘cause I can’t do it face to face (porque no lo puedo hacer cara a cara)

I’m talking to you before (te estoy hablando antes)

Con el uso del presente continuo “I’m talking” y un adverbio de pasado “before”, sucede un encuentro de las presencias eyectadas, despojadas de un tiempo propio. Un ser-ahí ausente, al igual que la imagen, al igual que una sombra, al igual que un espectro. Esa coexistencia de tiempos –el presente continuo negado por un adverbio de pasado– encarna el mismo pliegue que habita la sombra saeriana: la coexistencia en un ahora que no coincide consigo mismo.

Es, en principio, una cuestión de opacidad y transparencia. Cada singularidad se constituye por ambas, está presente en más de una presencia, en sus grados de transparencia, a su vez convirtiéndose en futuras presencias, en sus grados de opacidad. Una dialéctica del orden posible de las cosas, del retorno. Las singularidades ordenadas en tanto su no-marcación de los límites, con la posibilidad infinita de su retorno. 

Incluso en la imposible desaparición absoluta de la singularidad –nada desaparece completamente–, el sentido opaco de su desaparición implora por su regreso:

Ah, si un cuerpo nos diese aunque no dure

cualquier señal oscura de sentido

como un olor salvaje que perdure

contra las formaciones del olvido (Juan José Saer, “Sombras sobre vidrio esmerilado”)

Es la expulsión de uno mismo, en todo caso, la que implica una existencia que se piensa o siente fuera de sí, que se des-territorializa momentáneamente, como sumergida en un estado de angustia:

Tal vez haya cambiado también mi tristeza,

como si yo fuese no mío,

por mí mismo olvidado (También se aleja mi compañía, Salvatore Quasimodo)

Es la poesía la que mejor expone esta forma absurda del pensamiento, el estado contradictorio de un ahora que nunca es enteramente presente. La imagen, por su ontología, también. Tal como la cámara capta el instante pérdido, es el momento exacto en que Orfeo elige darse vuelta y mirar a Eurídice: en la retención del retorno se encuentra la pérdida.

Cada singularidad existe en tanto su condición de acontecimiento irrepetible se mantenga y, a la vez, se desdibuje en los límites de su no-terreno. Afirmar que deviene es en parte equívoco, al menos si no se aclara que no cabe un momento de devenir absoluto, no hay momento de no-singularidad. Se necesita un lenguaje no-absoluto, un lenguaje de la incertidumbre, para hablar de un devenir abierto, inconcluso.

¿Cómo afirmar que alguien ha sido olvidado, que ha devenido, que no existe como tal y que ha de ser imposible encontrarlo, si existe la posibilidad del retorno?

Y hablar de “posibilidad” del retorno es en parte una trampa, porque encierra tanto una esperanza como una falsa sensación de que el retorno sigue siendo la misma singularidad que alguna vez fue. No, porque la singularidad, al ser una vez, solo una vez, nunca vuelve como aquella que fue sino como la que será:

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida

tengo miedo de las noches

que pobladas de recuerdos

encadenan mi soñar (Volver, Carlos Gardel)

¿Qué es eso que vuelve y que en su apariencia se presenta igual a lo que fue?

“Algo de nuestro pasado que vuelve a la memoria, pero un problema por venir, un problema eterno”, dice Derrida(1). Un retorno, pero como espectro: “Cuestión de repetición: un espectro es siempre un (re)aparecido. No se pueden controlar sus idas y venidas porque empieza por regresar”(2).

¿Hay entre la cosa misma y su espectro –su sombra, su simulacro– una oposición que se sostenga? Repetición y primera vez, pero también repetición y última vez, pues la singularidad de toda primera vez hace de ella también una última vez. Cada vez es una primera y una última vez, un mismo acontecimiento que insiste como sombra. Lo singular retorna, pero no vuelve: acontece otra vez, por primera y última vez.

Incluso el retorno, como acontecimiento irrepetible, sabe que ante quien él acontece ya tampoco es el mismo, que la voz tiene otro registro: Las nieves del tiempo platearon mi sien, canta Gardel en “Volver”. 

¿Dónde se encuentra el retorno? ¿Cuándo acontece? ¿Acaso somos conscientes de él? Se puede aspirar a una respuesta: encuentros de singularidades que acontecen, secretos, que viven, entre sí, en el tiempo. Corre el niño que corre sin saber que las sombras son una forma del retorno.

Martín Suárez Failache

Notas

1. En Schibboleth para Paul Celan (2002)

2. Ídem

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