Por qué contar esto

En “Las babas del diablo” se construye una voz narradora anómala, que se justifica por el hecho fantástico que tiene lugar en el cuento. Un hombre saca una foto y días después la foto cobra vida, lo absorbe y lo hace desaparecer dejándolo en el lugar del lente de la cámara. Es por esto que al inicio de la historia se enuncia: “nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma)”. Esta circunstancia mágica le sirve de excusa a Cortázar para poner en crisis las convenciones del lenguaje, y confundir en sus oraciones las personas y los números gramaticales (“yo vieron subir la luna”) en un juego surrealista de los que tanto le gustan. Pero lo que me parece más maravilloso de este relato no son las primeras frases de locura pronominal, sino que el narrador no claudica, no se establece; sostiene una alternancia tensa entre la primera persona y una tercera focalizada en Michel, nuestro protagonista. Leo el cuento y cada tanto me sorprende como un cross a la mandíbula, me pregunto ¿cuándo cambiamos de vuelta? ¿Cómo no me di cuenta? ¿¿Cómo?? Hace unos días lo releí, lapicera en mano, cuando me crucé con un párrafo notable, y mis engranajes de profesora de lengua empezaron a girar a toda máquina. Así que les escribo a ustedes, los locos de la sintaxis, los curiosos que quieren conocer el engranaje detrás del truco de magia, o en todo caso me escribo a mí misma, si es que a alguien le puede importar esto. 

Primero, algunas reglas del juego. Este es un juego de verbos y pronombres. Inscriptas en nuestro idioma están las diversas personas del discurso: yo soy la que habla, vos me escuchás y él es de quien estamos hablando. Podemos referirnos a la primera persona con varios pronombres: yo, me, mi, conmigo; a la segunda también y así. Esa no es nuestra única herramienta, los verbos también expresan persona; cuando digo que estoy escribiendo este artículo no hace falta aclarar que soy yo la que habla. Una aclaración necesaria: los sustantivos se encuentran siempre en tercera persona, la única forma de referirse a primera y segunda persona es mediante los pronombres y las personas del verbo. Por último, existen construcciones que combinan ambos elementos, y en las cuales un pronombre (que no es el sujeto) acompaña al verbo, y ambos coinciden en persona y número, por ejemplo, “Yo me lavo las manos” (“Yo”, “me” y “lavo” están todos en primera persona del singular) (1). Va a volverse notorio en el fragmento que vamos a diseccionar que estas construcciones remarcan con gran fuerza la persona del verbo (y por lo tanto, al sujeto que ejecuta la acción).

El fragmento en cuestión es este:

Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d’Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.

El párrafo comienza remarcando la tercera persona al extremo, el narrador mira desde afuera y precisa con una pretensión de objetividad a “Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas”. La oración es seguida por el verbo “salió”, también en tercera persona. Después nos encontramos con el aparentemente inofensivo “llevaba”, que tras una inspección más cuidadosa va a ser la verdadera piedra de toque que nos permita transicionar entre narradores; la oración tiene un sujeto tácito que podría ser tanto “él llevaba” como “yo llevaba”. 

Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago.

Acto seguido se nos distrae con una descripción que aleja el foco del narrador, pero no es totalmente inocente. La oración “Es raro que haya viento en París” introduce una valoración subjetiva que nos acerca a un narrador protagonista, combinada con el verbo en presente, da la sensación de ser enunciada por quien vive en París y experimentó estos sucesos en vez de un ente omnisciente que los observa desde arriba; oraciones como “era raro que hubiese viento en París” o “le resultaba raro que hubiese viento en París” serían más propias de una narración en tercera persona. 

Al final de la descripción se introduce por primera vez, sutilmente, a la primera persona, pero esto se hace de forma gradual. Aparece primero como un pronombre en la función de objeto indirecto, ocupando un lugar menor en la oración “nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena”. Después aparecen dos verbos en primera persona, y finalmente, varias construcciones de verbo y pronombre coincidentes:

Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d’Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.

Y en el medio de esta primera persona absolutamente establecida, en una oración larguísima llena de verbos, para nunca dejar de incomodar, hay un cambio drástico a la tercera, en medio de un paréntesis, que se va como vino:

Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d’Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.

No sé si existen mayores conclusiones para esta pequeña curiosidad sintáctica, más allá de recalcar la importancia de que se vuelva a enseñar sintaxis en las escuelas secundarias de la Ciudad de Buenos Aires. Hoy en día es mucho pedir, además de tomarse el tiempo para leer un cuento, tomarse el tiempo para leerlo tan de cerca que se vean los hilos que lo conforman. Yo suelo ser incapaz de hacerlo. Pero a veces, por pura casualidad, el encuentro con el texto nos concede un pequeño eureka, y ese es el mejor regalo. El cuento lo dice mejor que yo: “Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa”. Y si Cortázar nos dejó unas pistas para que juguemos, no puede tener nada de malo encontrarlas.

Vera Luna Fritz 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *